Antes de todo esto, era otra persona.
Trabajaba en algo que no me llenaba. Llegaba a casa cansado, sin energía, sin ganas de que llegara el día siguiente. Me sentía atascado — y lo peor es que lo aceptaba como si fuera lo normal.
Un día descubrí la resina por accidente. Vi un vídeo, probé con dos materiales que tenía por casa, y algo se encendió dentro de mí que no sentía hacía años. Empecé a hacer piezas pequeñas en la mesa de la cocina, robándole horas al sueño.
Por primera vez sentía que estaba creando algo mío. Algo que salía de mis manos, no de las órdenes de otro.
"Eso no es un trabajo de verdad. Búscate algo serio."
Decidí dejar mi empleo. No tenía un duro. No tenía plan B. Solo tenía una idea, dos manos y muchas ganas.
Mucha gente se rio. Familia, amigos, gente que apenas me conocía. Me dijeron que estaba loco. Que perdía el tiempo. Que tarde o temprano me iba a pegar un batacazo. Hubo días en los que estuve muy cerca de hacerles caso.
Pero seguí.
Monté el taller en una habitación pequeña. Compré moldes baratos, pigmentos básicos, una lámpara UV de segunda mano. Pasé semanas enteras intentando que la resina saliese como me la imaginaba.
Tiré muchísimas piezas a la basura. Lloré delante de algunas. Aprendí cada error con las manos, no con un manual.
Y poco a poco, fui consiguiéndolo.
Cada lámpara que sale del taller es mi forma de decir: no estaban equivocados ellos. Estaba equivocado yo cuando estuve a punto de rendirme.
Hoy sigo en el mismo taller. Cada lámpara la hago yo, una por una. No tengo empleados. No tengo inversores. No tengo una marca grande detrás. Solo yo, mi resina, mis manos y la gente que decide que esto vale la pena.
Si has llegado hasta aquí, gracias. De verdad.
Si en algún momento decides comprar una lámpara mía, no estás comprando un objeto — estás apoyando a alguien que apostó por su sueño cuando nadie más lo hizo. Y eso, te lo prometo, no lo voy a olvidar nunca.
— Pedro